En esta ocasión, el molde era una tarrina de plástico de requesón y las inclusiones, rodajitas de distintos colores de arcillas que había ido guardando de jabones anteriores.
Le quito el fondo, la coloco sobre papel de horno y cuando alcance la dureza justa, simplemente con empujar la base sale perfectamente, no hace falta ni forrarla.
Me gustan los jabones que, con el uso van cambiando constantemente. Hace tiempo hice uno parecido y al irse gastando las inclusiones y despareciendo lo que ahora sobresale, quedarán unas tiras rectangulares que, debido a la forma redonda van menguando hasta desaparecer. Los colores, con el fondo blanco, quedan geniales.
Me resulta divertido.



